Vida y Obra de San Benito

Vida de San Benito

Benito, cuyo nombre significa “bendito” o “bendecido”, nace junto a su hermana gemela Escolástica cerca del año 480 D.C. en Nursia, una ciudad de la Umbría italiana, en el seno de una familia Anicia cristiana, libre y ciertamente distinguida, perteneciendo a una clase social más que ordinaria.

En Nursia se desarrolla la infancia de Benito y Escolástica, y de sus padres Eutropio y Abundancia aprendieron los principios de la virtud y la fe cristiana que conformarían sus vidas en el futuro.

Sobre el año 496 Benito marcha a Roma, acompañado de su fiel nodriza Cirila, para cursar los estudios de las “ciencias liberales”.

Benito, al ver que muchos iban por los caminos escabrosos del vicio, y temeroso de que por alcanzar algo del saber mundano cayera él también en tan horrible precipicio, abandonó su formación, mientras en su ánimo surgía una profunda llamada hacia la meditación y la búsqueda de la perfección espiritual, al servicio del Señor.

Por otra parte, a sus oídos llegaban noticias de la vida de los eremitas que, en los desiertos de Egipto y Palestina, vivían en soledad y en continua oración y sacrificio por amor a Dios.

Considerando Benito, con espíritu profundamente reflexivo, la vanidad de la vida mundana, a la vez que habiendo observado con profundo desagrado las costumbres licenciosas de sus compañeros, y procurando huir de sus tentaciones y comodidades de la ciudad, con el propósito de agradar únicamente a Dios, abandonó Roma, buscando el camino de la santidad y la perfección. Por ello, sin importarle el sacrificio y decidido a llevar una vida ascética, pensó retirarse al desierto en soledad.

Buscando Benito la perfección en el amor de Dios, pensó que la conseguiría en un lugar más aislado. Entonces abandonó los estudios, la casa y los bienes de su padre y se dirigió hacia Tívoli, donde había parajes muy desérticos, siempre acompañado de su fiel nodriza Cirila.

Llegaron hasta un pueblo llamado Effide, y retenidos por la caridad y acogimiento que encontraron en los habitantes del lugar, se quedaron a vivir muy cerca de la iglesia de San Pedro.

Precisamente en este lugar ocurre el primer hecho extraordinario, de los muchos que le irán sucediendo a Benito, y que muestra las excepcionales cualidades de éste. Su nodriza, para limpiar el trigo, había pedido prestada a una de sus vecinas una criba, la cual, al terminar su tarea, dejó sobre una mesa. La criba fortuitamente resbaló y se cayó al suelo, rompiéndose en dos trozos. Al regresar la nodriza a casa y ver rota la criba comenzó a llorar con desconsuelo. Benito, al observar su aflicción, compadecido de su dolor, tomó los trozos de la criba rota y los juntó. Comenzó entonces a orar, postrado en tierra y con lágrimas en los ojos. Al finalizar su oración, corrió hacia la nodriza y, a la vez que la consolaba tiernamente, le devolvió la criba, que aparecía totalmente entera y sin señal de rotura ni soldadura alguna. El hecho pronto fue conocido por todos los del lugar y colgaron la criba a la entrada de la iglesia. Durante años apareció suspendida sobre la puerta del santo edificio.

Pero Effide no era suficiente para la perfección que pretendía. No pudiendo soportar las alabanzas que le prodigaban, sobre todo tras la milagrosa restauración de la criba, y además buscando la soledad para realizar una más completa vida de eremita, decidió apartarse de la compañía de sus semejantes.

Benito tomó la determinación de huir ocultamente de su nodriza y de todos, buscando un lugar desértico y solitario. Escogió una ruta que conducía a Subiaco, situada a unas 50 millas de Roma.

En el camino, Benito se encontró con un monje llamado Román. Éste le preguntó que a dónde iba, y al conocer las intenciones que llevaban al santo varón a escapar en busca de la soledad y la mortificación, le animó a ello, dándole el hábito de la vida monástica, que según la tradición le realizó en piel y tal vez practicándole la tonsura (o rapadura en el cabello en la zona superior del occipital) como signo de definitiva consagración a Dios.

En Subiaco vivió en una estrechísima cueva en el monte Taleo. Esta zona era muy rocosa y agreste, pero donde había abundante agua. Allí permaneció alrededor de tres años, ignorado por todos, excepto por el monje Román que vivía en un monasterio cercano bajo la regla del Abad Adeodato. Y en determinados días eludiendo a su Abad, le llevaba algo de pan, el cual, separaba de su ya escasa porción, y tal vez alguna fruta. Posiblemente también le llevara libros adecuados para su perfección espiritual.

La cueva donde vivía Benito estaba debajo de una gran peña y Román, desde lo alto de la gran roca, hacia descender los alimentos en una cesta amarrada a una cuerda a la que también ataba una campanilla, para que al oír el tintineo, Benito saliera a recogerlo. Durante este tiempo que Benito vivió en Subiaco, tuvo que sufrir junto a los padecimientos del ayuno y la mortificación.

En un lugar no muy lejano de Subiaco, llamado Vicovaro, había un monasterio cuyo Abad había fallecido, sin haber previsto un sucesor. La comunidad de los monjes, cuyas costumbres se habían ido relajando, consciente de la necesidad de una reforma y ansiosa por recuperar la antigua reputación del monasterio, decidió pedir a Benito, cuya fama de santidad y ascetismo era notoria, que fuese su nuevo Abad. Así que se decidió ir a visitar al santo varón, para que le notificasen sus deseos.

Él, que seguía en Subiaco, tras oírles, rehusó la propuesta, a pesar de las reiteradas súplicas de la embajada de la comunidad. Ante la insistencia de la congregación, se despidió de los pastores de Subiaco y dio su consentimiento, al tiempo que cogiendo su melota y su bastón marchaba en compañía de los monjes de Vicovaro, para hacerse cargo del gobierno de la Abadía.

Obra de San Benito

San Benito comenzó por instaurar unas estrictas normas de disciplina monástica, no permitiendo desviaciones del recto camino de perfección trazado. Esta reciente forma de vida, que les obligaba a renunciar a su antigua cómoda e irregular conducta, además de una aceptación de nuevos e inquebrantables hábitos, llegó a parecerles insoportable a aquellos monjes. Hasta tal punto les afectaba, que decidieron incluso, al no esperar con toda seguridad un trato de favor del siervo de Dios, por parte del Obispo, deshacerse drásticamente del nuevo y rígido Abad, pero de forma solapada y de escaso riesgo, por lo cual pensaron en darle muerte mediante el veneno.

Era costumbre del monasterio que, cuando se hallaban a la hora de la parva comida sentados a la mesa, en espera de recibir la bendición abacial sobre la bebida de todos, cada uno con su copa de vino delante, se le presentase al Abad la suya. En dicha copa habían echado el veneno, esperando que tras la bendición, éste hiciera su letal efecto, al ser ingerido por su superior.

San Benito levantó la mano y trazó la señal de la cruz, y en ese mismo instante la copa, que estaba algo distante de él, se quebró y quedó rota en múltiples pedazos, como si hubiese recibido un tremendo golpe o una pedrada. Entonces San Benito se levantó de la mesa, y como si hubiese adivinado que en aquel recipiente contenía una bebida mortal, se dirigió a los monjes diciéndoles: “Que Dios Todopoderoso tenga piedad de vosotros hermanos. ¿Por qué quisisteis hacer esto conmigo? ¿Acaso no os dije que mi estilo de vida era incompatible con el vuestro? Id y buscad un Abad que esté de acuerdo con vuestra forma de vivir, porque en adelante no podréis contar conmigo”.

El mismo día que Benito abandona su cargo retorna a Subiaco, pero no volvería a la cueva. Su futura tarea sería más activa. Trataría de reunir en aquel lugar a muchas y diferentes familias de santos monjes, dispersos en varios monasterios y regiones, a fin de hacer con ellos un solo rebaño, según su propio corazón, para unirlos más y ligarlos con los fraternales lazos en una Casa de Dios, bajo una observancia regular y permanente alabanza al nombre de Dios.

Fueron muchos los que se le fueron uniendo. Acudían tanto seglares, que deseaban huir de la corrupción mundana, como algunos solitarios anacoretas que vivían en las cercanas montañas. Y comenzaron a realizar una vida ascética moderada en comunidad.

Era el inicio de un nuevo tipo de vida monacal en grupo, la denominada vida cenobítica o del cenobio (vida de monasterio) que ya venía practicándose en Oriente.

Realizaban los ejercicios o prácticas piadosas que habitualmente compartían. Sus ayunos eran realmente rigurosos, acompañados de mortificaciones corporales de distinta intensidad y duración. Por lo general solían dividir su tiempo entre la contemplación, la oración y el trabajo manual. Poco a poco fueron apareciendo Reglas que regularían esta vida del cenobio.

Al poco tiempo en Subiaco, los monjes unidos en torno a San Benito pasaban ya de los ciento cincuenta. Esta situación provocaba una aglomeración ciertamente desordenada, por lo que el Santo tomó conciencia de que aquel creciente número de monjes y devotos precisaba una mejor estructuración, y erigió en aquel lugar doce monasterios y a cada uno asignó doce monjes con su Abad. Pero retuvo en su compañía como rector supremo de todos a algunos escogidos, que creyó que quedarían mejor formados si permanecieran junto a él o bien porque deseaba prepararlos con especial cuidado:

  1. San Clemente, donde el propio San Benito estableció su residencia, ocupándose personalmente de él con la formación inmediata de los jóvenes que acudían a él.
  2. San Cosme y San Damián.
  3. Santo Ángel.
  4. San Miguel.
  5. San Blas.
  6. San Victorino.
  7. Vida Eterna.
  8. San Juan Bautista o San Giovanni dell´Aqua.
  9. San Donato.
  10. San Andrés di Rocca de Botte.
  11. San Jerónimo.
  12. Santa María in Primorana.

Los monjes no tenían Regla escrita, pero aprendieron la vida religiosa que debían de seguir, basada en la oración combinada con el trabajo manual, guiándose por el ejemplo de los actos de San Benito, que ya se puede denominar así por su plena comunicación con Dios y la santidad que inspira toda su vida dedicada a la entrega y amor al prójimo por amor al Todopoderoso.

San Benito al dar fuerza y fijación a la vida cenobítica monacal, se perfila como iniciador del naciente Monacato Occidental, siendo considerado, en el tiempo, como Patriarca indiscutible del mismo.

El Santo tenía una situación jurídica privilegiada, ya que para dirigir como Superior más de doce monasterios u oratoria era necesario un privilegio especial del Pontífice, de cuya autoridad dependía directamente y no de los diversos Obispos locales o territoriales. Y este favor solamente se explica, por el supuesto de que el Papa le hubiese conferido al Santo Abad una misión especial, confiando plenamente en el carisma que éste tenía.

Era tanto el renombre que alcanzaba ya San Benito, que la envidia comenzó a hacer mella en algunos. Esto ocurría con Florencio, sacerdote de una iglesia vecina. Instigado por el “antiguo enemigo” (Satanás) y lleno de celos, Florencio intentó apartar de él a cuantos podía.

Pero por más que lo intentaba, la fama de santidad del Abad continuaba ascendiendo y cada vez más crecía el número de los que atraídos por la extraordinaria personalidad del hombre de Dios, acudían, llamados a buscar una vida más perfecta, recibir sus enseñanzas y seguir su ejemplo.

Florencio, abrasado por la llama de la envidia, decidió enviar a San Benito un pan, como si se tratase de un obsequio, llevando en su interior una pócima venenosa. San Benito aceptó el presente y le hizo llevar sus agradecimientos al sacerdote, pero conoció de inmediato por su extraordinario don de clarividencia el terrible preparado que se hallaba oculto en el pan.

Cuando llegaba la hora de la comida, acostumbraba a venir volando un cuervo, ya que San Benito le daba de comer en su propia mano algunas migas de pan. Éste le echó el pan que había recibido de Florencio, a la vez que le ordenaba: “En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, toma este pan en tu pico y arrójalo en un lugar donde no pueda ser hallado por nadie”. El cuervo, empezó a revolotear alrededor del pan sin decidirse a cogerlo. Y ante la falta de decisión del ave San Benito le reiteró la orden diciéndole: “Llévatelo sin miedo y tíralo donde nadie pueda encontrarlo”, y el cuervo por fin obedeció y pinzando el pan con su pico se elevó por los aires desapareciendo. Pasadas unas tres horas, el cuervo regresó para recibir el alimento como de costumbre.

A pesar de haber eliminado aquel peligroso obsequio, el hombre de Dios sentía profundo pesar por la envidia y celos que tenía el sacerdote, mientras que Florencio en su arrebato, viendo que no conseguía nada contra el santo varón, decidió de atacar al espíritu de los discípulos. Así que introdujo a siete doncellas desnudas en el huerto del monasterio donde estaban los monjes, dedicados al trabajo y la oración. Las jóvenes danzaron largo tiempo ante la mirada asombrada de los discípulos, procurando que la lascivia inflamara el alma de éstos.

San Benito vio consternado desde su celda lo que ocurría, temiendo a la tentación de los monjes. Entonces, arrodillándose, comenzó a orar, en profunda súplica, rogando al Todopoderoso que salvase de caer en el pecado a los jóvenes discípulos. Y gracias a la oración no ocurrió nada reprobable. San Benito, procuró evitar en lo sucesivo otras ocasiones semejantes.

Tal vez por este motivo o inspiración o mandato divino, San Benito decidió abandonar Subiaco, pero no sin antes dejar ordenado todo aquello que fruto de un gran esfuerzo y dedicación dejaría atrás. Y tomando consigo algunos monjes, de entre los que con él estaban con mayor frecuencia, marchó con ellos para cambiar su lugar de residencia.

La marcha del Santo fue lo más discreta posible, pero cuando apenas se había alejado ocurrió una muestra de justicia divina. Dios Todopoderoso castigó a Florencio y cuando éste estaba en la azotea de su casa, celebrando la marcha de San Benito, la terraza de repente se derrumbó con gran estruendo, quedando éste sepultado y muerto bajo los escombros.

San Benito, al conocer esta noticia, rompió en sollozos, y pese a que podía volver a Subiaco sin temor a las malévolas acciones del fallecido, siguió su marcha en busca de nuevos lugares donde ejercer su apostolado. Durante su marcha, tres cuervos escoltaban al cortejo y en cada cruce de caminos dos ángeles, bajo la forma de jóvenes, le señalaban la dirección a seguir.

Es hacia la primavera del año 529 d. C. cuando San Benito y sus monjes llegan a un lugar entre Roma y Nápoles llamado Monte Cassino, y allí decidió edificar su monasterio donde vivió hasta su muerte.

Por sus curaciones y milagros, junto con la fuerza de su oración y el poder que emanaba de su santidad cuando impartía su bendición, apoyado con fervor en el signo de la cruz, dieron como resultado multitud de conversos y devotos. San Benito Abad no sólo resplandeció en el mundo por sus muchos milagros, sino que también brilló, y de una manera bastante luminosa, por su doctrina, pues escribió una Regla para monjes, notable por su discreción y claridad en su lenguaje.

La Regla

Esta Regla para monjes, conocida por “La Santa Regla”, “Regula Monachorum” o “Regla de San Benito”, fue escrita por el Santo Abad Benito en el propio monasterio de Monte Cassino poco tiempo después de fundarlo. Seguramente el mismo año que comenzó a edificar el monasterio, San Benito, por sus experiencias durante su vida monástica, se percata de la conveniencia de que los monjes deban seguir una determinada pauta de comportamiento, perfectamente escrita, tal como venía ocurriendo en el monacato oriental.

Por ello el hombre de Dios comenzó a escribir su “Regla Monachorum”, que ha gozado de diversas nominaciones a lo largo del devenir histórico. También es denominada como “Regla Monasteriorum”, “Santa Recula” o “Regula” y, en algunas ocasiones, “Regula Sancti Benedicti Abbatis Romensis”. Escrita en latín, en ella San Benito expone una serie de normas que deben regir en el cenobio la convivencia monacal, y da a entender todo su método de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo que practicaba.

Para escribir su Regula, el Santo Abad recoge, junto con la experiencia de su vida cenobítica, todo cuando había leído sobre las Sagradas Escrituras, las obras de los Santos Padres y lo que sobre vida monástica habían escrito otros autores, si bien en todo ello parece tener un papel preponderante la inspiración divina.

La Regla Benedictina servirá para orientar y regir la conducta de todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad y deseos, tomen sobre sí “la fuerte y brillante armadura de la obediencia, para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey”. En ella se prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, lectura sacra y trabajo, llevado socialmente en una comunidad y bajo un padre común.

Y ese amor a Dios, que será la primordial finalidad del monje, vendrá plasmado con exquisita claridad en la Regla del Santo Abad: “Nihil amori Christi praeponant” (No antepongas nada al Amor de Cristo”. Y además, el encuentro íntimo y personal con Dios, que cristaliza en la oración, unido al trabajo manual productivo y satisfactorio, ordena toda la vida de los monjes. Es el “Ora et labora” (Reza y trabaja).

Realmente la Regla es extensa y ciertamente detallada, dentro de su sencillez y precisión. Consta de un prólogo y setenta y tres capítulos, en los que se desarrollan, con bastante claridad, los puntos primordiales que regulan la vida de los monjes en el monasterio.

Su hermana, Santa Escolástica

Poco sabemos de Santa Escolástica, la hermana gemela de San Benito, y desde la infancia gemelos también en amor y piedad. Apenas en la adolescencia queda separada del hermano cuando éste marcha a Roma a seguir sus estudios.

No se conoce mucho de su adolescencia y juventud, salvo que estuvo dedicada desde su infancia a Dios Todopoderoso, recibiendo la vela de las vírgenes. Una tradición refiere que fundaría con su hermano Benito, sobre el 530 D.C., el primer monasterio muy cercano al de Monte Cassino, integrado por mujeres religiosas que, más tarde serían llamadas benedictinas.

Pese a esta cercanía, Escolástica estaba acostumbraba a visitar a su hermano solamente una vez al año. San Benito, para poder verla, ya que lo normativa monástica impedía el acceso a las mujeres a los monasterios de monjes, aun siendo familia del Abad, descendía desde el Monte Cassino a una pequeña casita, perteneciente al mismo, pero independiente y situada no lejos de la puerta de éste, en el exterior, fuera del recinto de murallas. Esta casita estaba provista de todo lo necesario para realizar una comida e, incluso, si fuese preciso, poder pasar la noche.

En una de las ocasiones, la última en concreto en que Escolástica vendría a visitar a su hermano gemelo, el santo varón bajó a recibirla al lugar acostumbrado, acompañado de algunos discípulos. La Santa vendría, igualmente, acompañada de algunas vírgenes.

El día de la visita de Escolástica sería el jueves anterior al Domingo de Cuaresma, es decir, antes de que comenzase el austero retiro Pascual. Pasaron los hermanos todo el día hablando. Al anochecer tomaron juntos la refección y se quedaron charlando de temas llenos de santidad.

Cuando San Benito estimó que era el momento de poner fin a la visita y de que regresara su hermana, Escolástica, quizás teniendo una premonición de su cercano fin, le rogó: “Te suplico hermano que te quedes esta noche para que podamos hablar de los goces de la vida celestial”. Pero el hombre de Dios, ligado a las ataduras del deber y a la norma, le contestó a su querida gemela que en modo alguno podía permanecer fuera del monasterio.

Se preparó el venerable Abad para la marcha, y entonces Escolástica juntando sus manos y entrelazando fuertemente sus dedos, comenzó a orar. Al poco tiempo cuando la monja llenó sus ojos de lágrimas empezaron a sonar unos truenos ensordecedores y los relámpagos surcaban zigzagueantes el cielo lleno de tinieblas. El agua caía con tal cantidad y fuerza que ni San Benito ni los hombres que le acompañaban pudieron traspasar el umbral de la puerta.

El Santo Abad comenzó a quejarse a su hermana de lo que había originado con su oración y ella le contestó: “Te lo rogué y no quisiste escucharme. Intercedí a mi Señor y Él me ha oído. Ahora, sal si puedes. Déjame y regresa al monasterio”.

Por ello el Santo Abad, tuvo que pasar la noche en vela con su hermana, lo que aprovecharon para continuar la charla, saciándose mutuamente con comentarios y temas sobre la vida espiritual. Porque el deseo y amor de Escolástica de estar con su hermano pudo más que el deseo de San Benito de cumplir con el deber de retornar al monasterio.

Cuando Escolástica regresó a su morada, tras pasar la noche con su hermano, a los tres días, éste tuvo una especial visión. Estando en su celda en el monasterio, al levantar los ojos al cielo, contempló cómo el alma de su hermana gemela, saliendo de su cuerpo, se escapaba en forma de paloma, elevándose hasta penetrar en lo más alto del espacio celestial.

San Benito, entonces, tomó conciencia de lo que significó aquello que estaba viendo, dio gracias al Todopoderoso, con himnos de alabanza, gozándose con tan gloriosa visión, por lo que significaba la ascensión al cielo del noble espíritu de un ser tan querido para él. Seguidamente, anunció a los monjes la muerte de su hermana y envió a algunos de ellos a por su cuerpo, a fin de que sus restos reposaran en un sepulcro que él mismo había preparado para los dos en Monte Cassino.

La muerte de Escolástica debió ocurrir el día 10 de febrero del 547, siendo declarada Santa con posterioridad y celebrándose su onomástica todos los años ese día.

Muerte de San Benito

San Benito, en un máximo ejemplo de su poder profético, anunció a algunos monjes que gozaban de su confianza, el día e incluso la hora de su muerte, el mismo año en que ésta ocurriría, y les rogó que guardaran silencio.

Era durante la primavera del año 547 cuando el Santo había hecho referencias a su muerte con más frecuencia. Además, su salud, generalmente excelente, aparecía quebrantada. Hasta el punto que le costaba trabajo subir a su habitación en la torre.

Seis días antes de su muerte, mandó abrir la sepultura, bajo el suelo del oratorio, donde ya reposaban los restos de su hermana. Al poco tiempo, su paulatino estado de debilidad se complicó con un resfriado que le debió desembocar en una neumonía y empezó a ser atacado por la fiebre.

La enfermedad se agravaba cada día más y al sexto día, sintiendo próximo su fin, se hizo llevar por sus apenados discípulos al oratorio. Allí, confortado con la Sagrada Eucaristía y sujeto por las amorosas manos de alguno de éstos, permaneció en pie con los brazos elevados al cielo, exhalando su último suspiro entre palabras de oración.

Según admite la tradición, era el día 21 de marzo del 547, Jueves Santo, y ese mismo día dos de sus monjes tuvieron la misma visión. En ella, en dirección a Oriente, y desde el monasterio mirando al cielo, aparecía un camino adornado con innumerables tapices y bordeado de relucientes lámparas. En la parte superior de ese camino, un hombre de aspecto venerable y rodeado por un halo de luminoso les preguntaba si conocían qué era aquel camino que estaban viendo. Al contestarle ellos que lo ignoraban el resplandeciente anciano les dijo: “Éste es el camino por el cual Benito, el amado del Señor, ha subido al cielo”.

El cuerpo del Santo Abad fue enterrado como él había dispuesto junto al de su hermana.

Milagros de San Benito

Numerosos son los milagros que San Benito hizo a lo largo de su vida. Una muestra de ello fue un cierto día en el que Plácido, un niño que le entregaron para que fuera educado e iniciado en el monacato, salió del monasterio para sacar agua del lago. Cuando sumergía la vasija que con él llevaba, cayó al agua y, arrebatado por la corriente, ésta lo arrastró rápidamente.

San Benito, que estaba en su celda, tuvo al instante por divina inspiración conocimiento del hecho y llamando prontamente al hermano Mauro, le instó a que fuera corriendo hasta el lugar del lago donde estaba el niño, advirtiéndole que la corriente cada vez le llevaba más lejos.

Mauro marchó a toda prisa para salvar a Plácido, en tal forma que, creyendo que caminaba sobre la tierra firme, cuando se encontraba a la orilla del lago anduvo sobre las aguas, hasta llegar donde se encontraba el niño. Y asiéndole de los cabellos, ya que por su corta edad todavía no estaba tonsurado, regreso con él rápidamente a la orilla. Apenas llegó a tierra firme, miró hacia atrás y tomó conciencia de que, increíblemente todavía para él, había andado sobre las aguas.

Tan pronto llegó Mauro lleno de contento en compañía de Plácido al monasterio, refirió a San Benito el prodigioso hecho. El venerable varón empezó a atribuir el milagroso rescate a la profunda devoción y fe en Dios, así como la probada obediencia del monje Mauro. Éste, por el contrario, lo achacaba al efecto del mandato del santo varón, diciendo que lo que él había realizado para salvar al niño Plácido era fruto del hombre de Dios.

En esa porfía llena de entrañable amistad y profunda humildad, donde San Benito y Mauro declinaban el uno en el otro la autoría del milagroso hecho, intervino Plácido con la sencillez y sinceridad que le caracterizaban, diciendo, sin los problemas de habla que padecía cuando llegó al monasterio: “Yo, cuando era sacado del agua veía sobre mi cabeza la melota del Abad (manto de piel de cabra que llevaba el Abad) y estaba creído que era él quien me sacaba del agua”. Con lo cual, dejaba zanjada la cuestión y, una vez más, quedaba patente el inmenso potencial que irradiaban los actos, oraciones y bendiciones del Abad.

San Benito continúa con sus milagros también tras su muerte, haciendo el bien a quienes, merecedores de su fe, lo piden o incluso a los que no. Son incontables desde la fecha de su muerte a la actualidad, de los cuales se tiene noticias desde diversas partes del mundo.

Uno de ellos, de los más famosos en nuestro pueblo, Castilblanco de los Arroyos, ocurre por el mes de febrero del año 1924, cuando muy temprano en una fría mañana de carnaval, el cabrero de la dehesa de “El Hornillo”, sita en el término de Castilblanco, sale de la misma con su rebaño en busca de pastos para éste. Su esposa también se había ausentado de la casa y los tres hijos del matrimonio jugaban alrededor de ésta.

En medio de sus juegos vieron acercarse a un hombre que les causó temor por su aspecto desaliñado, y salieron corriendo alejándose del domicilio. Poco después, viendo que el hombre se marchaba, retornan a la casa. Pero sólo regresaron dos de los tres hermanos. Ángel, el menor, de cuatro años de edad, es el que no vuelve.

Al no encontrarlo empiezan a buscarlo por el monte, junto a la Guardia Civil y mucha gente del pueblo, iluminándose en la noche de las más diversas maneras, pero continúa la búsqueda sin resultado.

Los padres acuden a la ermita de San Benito para rogarle que proteja a su hijo. No es posible que un niño de tan corta edad pueda sobrevivir a tan bajas temperaturas, con hambre y sed. Se temen lo peor, aunque siguen confiando en San Benito. La familia se resiste a darlo por perdido.

En la tarde del tercer día un pastorcito que va al monte a por leña encuentra al pequeño corriendo entre las agrestes rocas de Valdearenas, cerca de la ermita del Santo, y a más de una legua de El Hornillo.

Los padres que no caben en sí de gozo y le preguntan lo que ha ocurrido en esos tres días tan angustiosos para ellos. El niño en su lenguaje les explica que “una mujer vestida de negro, le daba higos de comer y, por la noche, lo arropaba con su manto”.

La madre, ante lo que le dice su hijo, se dirige hacia la iglesia de Castilblanco para darle las gracias a la Virgen de los Dolores, pensando que era ella quien había cuidado de su hijo. Pero cuando llegan ante la Virgen le preguntan a Ángel si ésa era la señora que le había cuidado, pero el niño tras mirarla dijo que no.

Pasan los meses y el día 27 de agosto, cuando todo Castilblanco acude a la Romería de San Benito, la familia marcha a la ermita, llevando consigo a su hijo el menor, el cual nunca la había visitado. Se acercan al altar donde se venera y se encuentra la imagen de nuestro querido San Benito y el niño al levantar la vista exclama: “¡Ésta, ésta era la mujer que me cuidaba!

Y los agradecidos padres, entre lágrimas, abrazan a su hijo, mientras un alborozado clamor se extiende por la ermita: “¡Milagro, milagro!”

Éste y otros numerosos ejemplos del milagroso poder de San Benito y su intercesión ante el Todopoderoso los encontramos en los incontables exvotos que se conservan en esta ermita de nuestro pueblo, en el término municipal de Castilblanco de los Arroyos.